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September 7, 2016
by Javier Salazar Loyola

Caminata

Las luces de la ciudad brillan con sus tonalidades amarillentas, mientras cruzo el río Mapocho por el puente Pío Nono. Dejo atrás la incipiente bohemia nocturna del Barrio Bellavista, con sus odas a un Baco oficinista, mientras miro con curiosidad los candados que amantes con más presupuesto que sentido común cerraran para representar la fortaleza de su amor. No puedo evitar imaginarlos allí, juntando las manos para sellar el símbolo de su amor eterno, para luego partir a los brazos de sus amantes y olvidarse del candado pasados dos días. Muchos candados, muchos pactos de amor. En un ejercicio mental ocioso, intento calcular cuántos seguirán juntos aún y por qué los demás no vienen a limpiar su mugre y así despejan el puente y no se lo carga inútilmente con romanticismo de música pop.

La gente no me deja fantasear mucho rato con la idea de romper candados. No se quieren detener en el puente y chocan entre sí, arrastrando al resto mientras intentan evitar a los ambulantes y sus ayuda tareas para escolares y sus doscientas variedades de papelillos para, digamos que, tabaco y matacolas, mientras los autos rugen cruzando en dirección contraria, señalando que es momento de cruzar las avenidas.

Vista de la Plaza Baquedano.
Créditos a una fotógrafa que conozco

El Genio de la Libertad nos recibe al otro lado de la calle, mientras una banda callejera busca promocionar su arte. Suaves notas de jazz acompañan los pasos de los transeúntes, con su cacofonía que no deja claro si buscan ir al compás o se niegan rotundamente a dejar que sus almas sean tocadas por nada que les haga sentir que la vida es mucho más que el horario de oficina, mientras cruzamos hacia la tumba del Soldado Desconocido de la Patria. Puedo imaginar su espíritu sentado a los pies del General Baquedano, disfrutando de la banda cuando no es apagada por el rugir de cientos de motores que llevan a sus hogares a quienes terminan el día.

Otra vista del lugar.
Creditos a la misma fotógrafa

Cruzo el último trecho y bajo al metro, para ser recibido por, además de la gente que la estación vomita en la calle, vendedores que pecan de inocentes, buscando hacerme partícipe de su superioridad moral queriendo que les compre su comida libre de daño a terceros, como sacerdote que me exigiera el diezmo o el pago por las indulgencias que salvan mi alma inmortal. Tras ellos, ignorante de que afuera compite con la banda, un violinista parece vivir un conflicto interno, intentando tocar barroco con la expresividad de un romanticista, mientras hace cabriolas como si fuera folklore o parte de un rito de llamada a la primavera que se acerca. Era como ver a los protagonistas de La Vendimia de Goya interpretando Rameau como si fuera Liszt.

Finalmente cruzo el torniquete y soy tragado por el tren, sorteando la tentación de perderme en la noche, su gente, sus sonidos, sus visiones. Las caminatas despejan mi mente y me permiten olvidar por un momento todos los problemas. Pero lo que me espera esta noche no es el olvido. Es la preparación para lo que se avecina, que promete ser agotador.

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