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October 2, 2017
by Javier Salazar Loyola

Cuadro

La lluvia nocturna golpeteaba suavemente los vidrios de la ventana cerrada, con un sonido relajante y regular. La cortina estaba abierta de par en par y por ello, la ventana dejaba ver las luces citadinas distorsionadas por los zurcos que trazaran las gotas en el vidrio. Cada cierto tiempo, el lado derecho de la ventana se iluminaba, para luego moverse esta iluminación suavemente hacia la izquierda, dando una breve muestra del contenido de la habitación más inmediato a la ventana. Acompañando a la iluminación, el sonido de un motor apagado por la lluvia y por el característico timbre de las llantas navegando por el asfalto mojado, dando una sensación de quietud a la escena.

Una mesa pequeña y redonda, donde no cabrían más de dos personas sentadas a la vez. Un vaso que alguna vez pareciera haber sido un florero, aunque la última inquilina parecía haber abandonado el lugar hacía eras. Una taza de algún brebaje oscuro y claramente caliente, como dejaba ver el vapor que de ella emanaba. Una mano blanquecina parecía haber sujetado el asa, sin embargo, se encontraba más desparramada que depositada, junto al brazo al que estaba unida, sobre la mesa. Tras la taza, una silueta oscura, sentada en una silla sin ninguna pretención.

Un relámpago iluminó la noche y con ella, la habitación. Fuera de la mesa, había tan solo un sillón para una plaza instalado frente a una televisión empotrada en la pared. Además de una gruesa silla con una silueta sentada en ella. Todo estaba pulcro, salvo por una mancha negruzca en la pared de la mano junto a la taza. Como si hubiera salpicado un líquido a gran velocidad. La silueta de la silla estaba unida al brazo sobre la mesa. Del otro brazo de la silueta, colgaba un arma, aún humeante. La cabeza se apoyaba en el pecho sin ninguna ceremonia y un reguero negro caía de una herida reciente, además de desde la boca.

Unos segundos más tarde, sonó el trueno asociado al relámpago
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